domingo, 14 de enero de 2007

El síndrome de Stendhal

Hoy, como futura psicopedagoga, os voy a contar uno de los síndromes más maravillosos que existen en el mundo, y el cual he experimentado en mis propias carnes.

Se trata del síndrome de Stendhal o lo también diagnosticado como sobredosis de belleza. La historia narra que el novelista francés Stendhal visitó Florencia en 1817, tratando de no perderse ni un detalle para su diario. Pasó todo un día admirando iglesias, museos y galerías de arte y se conmovió a cada paso con el derroche magnífico de cúpulas, frescos, estatuas y fachadas. Pero de pronto, al entrar en la majestuosa iglesia de Santa Croce, se sintió aturdido, con palpitaciones, vértigo, angustia y una sensación de ahogo que lo obligó a salir para tomar aire. El médico que lo revisó le diagnosticó "sobredosis de belleza" y desde entonces ese síntoma se conoce como "Síndrome de Stendhal".



Florencia es una de las ciudades más bonitas que conozco, y, pese a que la existencia de este síndrome la descubrí tiempo después de estar allí, lo que yo sentí por esas calles se correspondía totalmente con lo antes descrito.
La capital de la Toscana fue el último y más maravilloso destino del interrail que efectué hace casi 2 veranos. Tras 20 días embriagándonos de arte, cultura, educación y vida por toda Italia, Grecia y Eslovenia, nuestro último destino fue el gran colofón final: Florencia, una ciudad tan bella que aturde los sentidos.

Para mí fue muy especial recorrer las estrechas y apretadas callecitas de la mano de mi chico, emocionarme observando la gran cupula de Brunelleschi mientras subía las alrededor de 400 diminutas escaleras que separan su suelo de su firmamento; contemplando la magestuosidad externa de la catedral con sus blancos mármoles; sintiendo el arte al aire libre en la Piazza della Signoria donde comimos con un paisaje en el que no se veía nada que no fuera una obra exquisitamente tallada en mármol, bronce o piedra.

Esto solamente es una pequeñísima muestra de todo lo que se puede sentir en la bella Florencia. Sólo me queda por rescatar un pequeño rincón, para mí el más especial, que es el Ponte Vecchio, una construcción medieval poblada de orfebres que tienen allí sus talleres y venden joyas de diseño, desde piezas modernas hasta fabulosas pulseras antiguas. Pero fue por ello por lo que me cautivó, sino porque además de las vistas que se obtienen desde su punto medio, él mismo es alucinante, indescriptible....no me salen las palabras....aqui teneis la imagen, la cual creo que vale más de un millar de palabras.

Bueno pues la tradición ha hecho que haya surgido una moda en torno a este puente que es que a la caída del sol, los enamorados se juran amor eterno atando un candadito con sus nombres al puente. Algo entrañable, inovidable, que te deja sin aire, tal y como lo describe el síndrome de Stendhal.

Con esto nada más que aconsejaros sentir ese síndrome en vuestros adentros, ya que es maravilloso embriagarse de belleza, y si os es posible acudid acompañados de la persona que hace que dicho síndrome se acreciente. Es una experiencia grandiosa de dejar al descubierto los más íntimos sentimientos.